Segundo fragmento de Crónicas de Sombras. Los condenados

Os dejo otro fragmento más. El primer capítulo lo publicaré el jueves.

Espero que os guste.

Crónicas 2

Tales palabras provocaron que el corazón de Briseida latiera intensamente. E incluso durante un segundo deseó darles la espalda y retroceder a esa mañana, cuando cada vez que se internaba en el mundo de las sombras sólo debía preocuparse de su vida.
Pero ya no había vuelta atrás.
Una gran responsabilidad recaía sobre sus hombros, pero Adrien era un hechicero, como ella, y sentía la necesidad de ayudarlo. Sobre Krista…, quizás le recordase a Nicholas, su hermano, de ahí su deseo por ayudarla.
Una vez Adrien se aseguró de que Briseida estuviera preparada, se dirigió a Krista.
—No hagas que me arrepienta de mi decisión. Aunque no es grato ser prisionero de tu gente, al menos seguía viviendo.
Por un instante, Krista dudó. Podía seguir adelante, correr, llegar al mundo real e intentar huir, aunque sabía que tarde o temprano acabaría siendo encontrada. Temía poner en juego la vida de Adrien. Sin embargo, cuando a pocos metros de ella escuchó la voz de Eleazar, dejó de dudar.
—¡Empecemos! —ordenó—. Se nos van a echar encima y entonces serán ellos quienes te maten.
Hechicero y princesa intercambiaron una mirada de complicidad. Sabían lo que debían hacer: tenían que herirse si de verdad deseaban que su idea funcionase a la perfección.
Aguardaron y cuando escucharon más jaleo, actuaron.
Las manos de Adrien proyectaron esferas tan rojas como el fuego, que retuvo en sus manos unos segundos.
Mientras, Krista proyectó tras ella varios látigos oscuros, rodeados de energía electrizante, que como serpientes volaron en dirección al joven.
Adrien no detuvo más su magia y la lanzó contra la princesa. Ambas energías se estrellaron provocando un duelo entre ambas, algo que la pareja deseaba. En ocasiones la magia de Krista le comía terreno al poder de Adrien, mientras que en otros momentos era todo lo contrario. Sólo esperaban el momento oportuno. Ambos se rendirían, ambos recibirían el impacto y entonces sería el turno de Briseida.
Y el momento de rendirse había llegado.
Tanto Krista como Adrien vieron que su duelo había sido descubierto. Eleazar, el prometido de Krista y mano derecha del rey, encabezaba un grupo de guerreros. No era la única cara conocida por Krista, ya que Russel también les acompañaba.
Una punzada de tristeza aguijoneó el corazón de la princesa. Sentía hacer sufrir a Russel. Era su mejor amigo, pero debía seguir con su vida.
Y tras un intercambio de miradas, la pareja pasó a la acción. Dejaron de ofrecer resistencia. Toda la magia de Adrien fue derecha a Krista y la de la princesa hacia el hechicero. Sin embargo, no contaban con la intromisión de Eleazar. El grito de desesperación de éste fue doloroso y su rabia se manifestó en una gran esfera dorada que voló hacia Adrien. El muchacho no estaba preparado para ello y no sólo recibió la magia de Krista, sino también la del guerrero.

La princesa cayó al suelo cuando el poder de Adrien le golpeó. Sintió la cabeza mareada; la nariz le sangraba, y el brazo derecho, aquel que se había llevado la mayor parte del impacto, le dolía terriblemente.
Sólo esperaba que todo el sufrimiento hubiera valido la pena.

El ataque del guersom pilló por sorpresa a Briseida, que así actuó con rapidez e invocó el hechizo. Feliz, contempló que surtía efecto; junto a Krista se manifestó otro cuerpo idéntico al de ella, que al cabo de unos segundos se trasformó en cenizas. Sin embargo, no sucedía lo mismo con Adrien. El conjuro no había funcionado con él y eso sólo podía significar una cosa: ¡Estaba muerto!

Malherido, el hermano menor de Adrien llegó a la zona de la catástrofe. Le había prometido a Adrien que le ayudaría, que entretendría a los guerreros a cambio de que él salvase su vida. Con horror descubría que el plan de Adrien no había funcionado y sólo la chica pelirroja había logrado salvar su vida.

Briseida conjuró la invisibilidad sobre ella y Krista y una vez llegó junto a la princesa, la tomó de la mano, y sin decir palabra, se alejaron del lugar. Aun así, la mirada de Krista estaba fija en Russel. Su amigo lloraba sobre sus cenizas, las cuales tomaba en sus manos, mientras que su prometido golpeaba sin cesar el cuerpo inerte de Adrien.
Una vez las chicas se alejaron lo suficiente, cayeron al suelo descorazonadas. No podían creer que Adrien hubiera muerto; si no hubiera sido por Eleazar, por su intervención, ahora sería libre.
—¡Cómo he podido fallar! —se lamentó Briseida—. Estaba escondida, debía haber visto el ataque de Eleazar, debía haberlo parado. Adrien puso su vida en mis manos —añadió mirando a Krista. La princesa la rodeó por los hombros para darle ánimo—. Ha muerto por mi culpa.
—Eso no es cierto. Los tres asumimos riesgos. Los tres sabíamos que las cosas podían salir mal. Escúchame, hechicera, no ha sido culpa tuya.
Briseida era incapaz de hablar. En respuesta únicamente sollozó y recibió más consuelo por parte de Krista, hasta que estuvo más calmada.
—Su hermano, debemos decírselo a su hermano —dijo la hechicera.
Un resquebrar de las ramas las alarmó. Ambas se pusieron en pie. El desconocido estaba a pocos metros de ellas; cabizbajo, malherido y sin dejar de sujetarse el brazo derecho.
—¡Lo siento! —se disculpó Krista—. Nunca tuve intención de que tu hermano falleciera, de veras que lo siento.
—Su alma llevaba condenada desde que nació. He hecho cuanto ha estado en mi mano para liberarlo, pero no se puede luchar contra el destino —les hizo saber. Retrocedió sobre sus pasos y se detuvo cuando escuchó las palabras de Briseida.
—Lo he intentado, te lo juro. No lo vi venir…, no vi el ataque de Eleazar. Lo siento muchísimo —añadió entrecortadamente—. Entenderé que me odies, que quieras cobrarte mi vida por la suya. Soy una hechicera penosa.
Cuando el muchacho se giró, vio a una chica delgada, descompuesta por la angustia y con las mejillas, antes sonrojadas, cubiertas de lágrimas.
—Tranquila hechicera, la vida de Adrien había llegado a su fin hace mucho tiempo. Marchad antes de que os apresen.
Krista no se entretuvo más. Abrió la puerta que separaba el mundo de las sombras del real y junto a Briseida, la cruzó. Volvieron a aparecer en el mismo lugar, con la misma apariencia, pero la extraña neblina que cubría el mundo de las sombras no envolvía el mundo real.
—¿Estarás bien? —se interesó Briseida al ver la expresión de Krista, que lo observaba todo como si fuera lo más bello visto nunca—. Estás malherida. Me hospedo en una residencia de estudiantes. No está muy lejos de aquí…
—Sabes que es peligroso que sombras y hechiceros estén juntos. Te agradezco que me hayas ayudado, estaré siempre en deuda contigo, pero no todos son como tú. Vete tranquila, estaré bien —sonrió y le tendió la mano a la chica—. No me has dicho tu nombre.
—Soy Briseida…
—Cuídate mucho, Briseida —Hizo una breve pausa—. Me llamo Krista Lennox —al decir su apellido, un cosquilleo le recorrió de pies a cabeza. Era su nueva identidad. Por fin había rehusado del apellido de su familia—. ¡Ten mucho cuidado!
Ambas chicas se despidieron. Ninguna de las dos imaginaba que sus acciones les perseguirían de por vida, como un fantasma que nunca descansa. Tampoco podían sospechar que sus destinos estaban unidos.

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